DULCE VENENO
El dulce veneno es infinito en su oscuridad profunda.
Mana a borbotones de un viejo estómago
relleno de silencios, perdidos en la vorágine.
Negras esencias del ayer que afloran, y el
oleaje arrastra a la bodega de algún cascarón hundido.
El fondo está plagado de lo que pudimos ser mientras
nadie sabe lo que es babeando ante lo que desea ser.
En gran farsa macabra, sus ilustrísimas devoran
ajenos hijos en públicas bacanales de ira ciega.
Tradición heredada de vetustos dioses ignorantes
vomitando Terror por pánico a ser descubiertos desnudos.
Y en verdad, nadie sabe el motivo final del
funesto engaño. Porque no lo hay.
Quizás Lucifer pudiera contarme alguna
buena mentira, o una maldita verdad sobre la
vida y la muerte. Lo blanco y lo negro. El bien y el mal.
Y las opciones, ¿quién se acuerda de ellas mientras
nos hacen un apaño del pasado para parecernos
más a lo que nos venden como próspero futuro?.
¿Y si no queremos?. Apuraremos cada
ardiente gota del licor de los sentidos dormidos,
revolcar el espíritu en recónditos charcos repudiados,
danzaremos sin freno entre brumas de deseo y sueño.
No le des tu mano ni siquiera al blanco pensamiento.
La pureza no existe y todavía no se han percatado.
Vagar sin rumbo, entre negruras y destellos,
haciendo vibrar las entrañas del ser.
Notar cómo fluye el calor de vivir en la piel,
aturdida por los vertiginosos zarpazos de
sus agujas hambrientas de nuestro tiempo.
Y habrá quien siga reptando por suelos de marfil,
obviando llantos y migajas a su paso.
Pero nadie ahogará al viejo estómago, por el
que seguirá manando eternamente la vida misma.
El dulce veneno sin sentido.
COBARDIA NOCTÁMBULA
Una mirada. En torno a ella,
ebrias siluetas murmuran con las sombras y
sonríen con desgana, mientras se besan.
Algo bosteza. Y esos ojos de meiga ansiosa,
a la espera, insisten en
hacerme vibrar el espinazo electrizado.
La última palabra, milenios pensada, resbala por
mis labios y cae como miel en el bolsillo.
No pudiste. Miedo a errar. O a acertar.
Miedo al silencio no buscado. Al
muerto solo y olvidado en un rincón del jardín,
antes de morir.
La calavera cruje y suda. No hay aire, sólo tierra.
El cuerpo gira y se aleja, dejando al pasado
sentado en un taburete vacilante.
No vuelvas la cabeza cobarde, por favor,
no la vuelvas.
Y al abrirse la puerta, un gélido viento
recordó a todos, por un instante, quienes eran.
Pero nada más.
UN VIENTO…
A veces, un viento llega con la noche.
Como arcano silbido que se va acercando con
inquietantes secretos entre sus lúgubres silencios.
Poco a poco, un vago lamento venido
allende de tenebrosos sueños, golpea con
más y más hambre las temblorosas ventanas de papel.
Y las viejas persianas dejan escuchar el lastimoso
crujido de sus huesos con latidos descompasados.
Marionetas mensajeras del caos más siniestro,
anuncian una procesión de fantasmas recorriendo
vertiginosamente las calles y porches entre
aullidos y gritos de las bestias aterradas,
a la búsqueda de no se sabe qué.
Y, cuando parece que se pierde en el horizonte ,
estalla salvajemente mordiendo el ánimo del que,
intuyendo algo inexplicable,
alerta su alma ante la llegada de lo desconocido.
Pero alguna vez soñado o vivido ya en otro tiempo
por otros. Entre susurrantes formas y
negruras al acecho. Bajo tres o cuatro mantas,
agarrando el sudor a un alocado aliento.
LAS DOS CARAS
Pasen y vean queridos espectadores míos.
La metamorfosis de clown a saltimbanqui ocasional.
¡Hale hop!.
Borro el insulso reflejo. Rompo lo supuesto.
El aire enfermo y plomizo queda atrás.
Tiño la calle con mis colores más íntimos y
paso la alambrada,
de sollozos y negras orquídeas, cantando.
Burbujas repletas de clavos flotan por doquier,
dejando un aroma melancólico en la invisible carpa
entre violeta y amargo.
La música se abre paso entre la palpitante carne,
poniéndome los órganos y vísceras de punta.
Brinco y giro grácil, vertiginoso,
en mi maldito hilo incandescente.
Abajo, huecas cabezas mataselladas con la
última póliza que les asegura un correcto relleno.
Ríen histéricos y desconcertados ante lo imprevisible.
¡¡Fin del espectáculo !!.
Y agarrándome a un tirabuzón de la sorprendida luna
levanto el vuelo hacia el otro lado del espejo….
CARRUSEL DE PRIMAVERA
Brazos del somnoliento Helios
atraviesan torpemente la techumbre de jade.
Acarician con suavidad, temerosos, un
lecho de pálidas hojas devoradas por fríos recientes.
En la lejanía se escuchan alocadas campanas,
apologistas de la canción, la sangre y el vino.
De xanas danzando, ebrias, con frenéticos faunos.
Bautismo de pastores y ménades eterno.
Y brotarán las ninfas de entre los riachuelos,
ansiando secretos néctares que supuran de un
viejo cadáver olvidado por todos,
apoyado en un árbol en flor.
Sus restos albergan esencias y perfumes renovados,
entre miles de flores y bañado en pétalos.
Besos tiernos entre un enjambre de huesos.
Orgasmos mecidos por silenciosa brisa melódica.
Océanos de risas y caricias pletóricas.
Brazos del somnoliento Helios
atraviesan torpemente la techumbre de jade. Y las
ninfas van al encuentro de su viejo amante del árbol.
LA GAVIOTA PERDIDA
Baldosas abrasadas crujen al pisar la letanía de su tiempo.
Paredes y suelo retorciéndose en el aire plomo de aquella mañana.
Ultimas convulsiones del que se agarra al aire como si fuera la vida.
Unas ropas tendidas, que ya nadie volvió a recoger,
medio podridas con la lluvia y el sol, indiferentes a su destino.
Antiguos pendones de batallas hace mucho perdidas.
Axfisiante enjambre de cuerdas y alambres,
vieja telaraña que se resiste a desaparecer cuando su dueña muere.
Un rayo helado atraviesa mi espalda y estalla en mi nuca.
Por las muertas chimeneas brotan oscuras plegarias de
fantasmas humillados, prisioneros entre despojos de
torturadas camas o las entrañas de una leprosa cocina de carbón.
Un viejo, el último de la escalera, canturreaba apoyado en
la baranda pellizcando amargo tabaco.
Gaviotas que han entrado, sin quererlo, demasiado en
la ciudad de las palomas.
El viejo miraba hacia la que no era ya su calle, ni su gente,
ni el mismo cielo de antaño. Tampoco él era él.
Todo había ido muriendo sigilosamente, sin querer que despertara.
El terrado está vacío, y, al pie de la baranda hay un pitillo mal liado.
El ciclo desmemoriado sigue. La ciudad ha ganado. Y las
palomas se comen a la gaviota perdida de su tiempo y mar eternos.
DESDOBLADO
Bajo los eléctricos centelleantes apenas
se veía al monstruo que andaba a mi lado.
Le crujían los dientes mientras se
burlaba de las paredes que intentaban aplastarle.
Bailaba, de puntillas, con las luces y su sonido
de extraños cristales chocando entre si suavemente.
Casi sin tocar la silueta de
algún despistado ciudadano demasiado bocazas.
En la esquina callada del ingrato olvido más
escondido, alguien se había desprendido de
unos cuantos pellejos cansados.
Un poco más adelante, un cuerpo emprendía su
travesía al mundo prohibido de aquí al lado.
Mi amigo el monstruo me mordía dulcemente la
carne sin reparar en el vino que
aún manaba de la abierta llaga.
Y una ventana batía frenéticamente, no muy lejos.
La mente dilata sus anquilosadas puertas.
Atendí a las pequeñas cosas que nos acompañan.
Y creí entender algo por un momento.
Y me senté, sonriendo sin motivo ocurrente,
entre los vetustos esqueletos crápulas. Y
prometimos nunca jamás mirarnos los
atolondrados pies hasta
volar sobre nosotros mismos y reírnos de todo.
LA CAJA
Mi bosque es mi secreto. Seguro y peligroso a la vez.
Donde una galería de espectros, sepias y derrengados
juguetean entre los árboles despreocupados.
Y la brisa marina filtrándose por las
hojas de remotos sueños.
De las abiertas tumbas sale una música que,
casi con celo infantil, albergabas hacía siglos en
un astillado cerebro peregrino.
A la noche, si el frío muerde, cientos de
extraños seres beben y ríen conmigo.
Entonces, con un puñal especial puedes cortar
todas las lágrimas que brotan de las gargantas ennudadas.
Fantasmas junto al fuego, orgía de presente y pasado.
Sabios consejos y palabras aturdidas se entremezclan
con saliva y carne en plenitud.
La actividad decrece a la par que las hogueras,
el sopor se va adueñando del bosque.
Sonríes tontamente, como en las viejas películas,
con los ojos de castaño húmedo, mientras
cierras la caja. Los terribles secretos que el
mundo encerró en una exquisita ostra de roble.
Un beso.
Notas su aliento y sus tibios labios en tu sien.
Bienvenido a tu propia realidad, te susurran al
oído. Y vuelves a sonreír con brillo más sabio que
ayer, sin ganas de rellenar ese instante con
innecesarias palabras,
palpando la relegada caja dentro del bolsillo.
A DESHORA
El aterrorizado duende dibujaba, sin quererlo,
en el aire el rostro de la Gran Musa Calva sonriendo.
Las aturdidas alas chocaban una y otra vez entre si.
Mañana fría, de pulmones y garganta doloridos,
como si a la vida le costase pasar y
se agarrara con las uñas desesperada.
Algo había fallado en el incólume sistema,
algo había ocurrido demasiado pronto o demasiado tarde.
Y los juncos, jaleados por un gélido viento,
rasgaban el crispado aire como látigos sedientos de
la sangre del inocente confuso. Los
mismos juncos que, en primavera, se complacían
pausados con sus piruetas y vuelos.
Pero ahora no es tiempo de volar, proclaman.
La última sarta de chasquidos hieren el quebrado silencio,
cayendo abatida una sombra en la excitada agua del arroyo,
haciéndonos pensar en un posible funeral mañana,
con piscolabis gratis, antes del
partido de cuartos de final por la televisión.
UN ELEFANTE SE BALANCEABA
Observo a modo voyeur desde la
cerradura dibujada,el histríonico nudo de
la trama de todo éste laberinto contradictorio.
Como la canción, paradoja viviente. Un
elefante bailando en la tela de araña, a la vez,
eufórica y aterrorizada ante enorme presa en potencia que
en cualquier suspiro se precipite a mil por hora,
arrastrando la pegajosa trampa y
a su casera hacia el Gran Bostezo Mudo.
Pero tanto al elefante como a la araña les gusta el
baile, por diferentes motivos que no vienen al caso.
Balanceo inexplicable en una escena crítica. Frase críptica.
Y supongo que es eso lo que da equilibrio en lo absurdo.
A LOS CANCERBEROS DE LA VERDAD
El engranaje de la Sagrada Civilización,
Progreso y Orden, más Beneficios,
nunca ha sido ni será perfecto en la
sutil y macabra labor de protegerse a si mismo.
La miopía sanguinaria del verdugo ebrio de Razón
empapa las inmaculadas togas de los santones celadores,
exigiendo rectitud en el tajo mesiánico,
conjurando así los males que acechan desde que el
hombre es hombre y se intentó parar a pensar qué quería.
Y aún no le han dejado.
Sus vestiduras divinas se indigestan de vida inocente y
llegado el momento revientan en viscoso jirones,
mostrando la putrefacta desnudez de
los herederos incorruptos de la Verdad Todopoderosa.
Sólo así se logra, en décimas de curriculum devastador,
que se sientan tan reptilmente inhumanos como
humana y confundida es la glauca mirada del
chivo expiatorio de turno. Como
libre es el odio que inspiran en mi aturdido ser todos ellos,
los pasados, presentes y futuros mecenas del Horror.
GOTA A GOTA
Cristales helados. Trepanan la piel como papel de fumar.
Equilibrio perdido entre centelleantes dardos letales,
que rozan húmedos labios con la frialdad del
tajo de la guadaña.
Amor gota a gota.
Aire, Agua, Tierra, Fuego.
El ciclo se cierra sobre si mismo eternamente.
El cuerpo resbala por agitada hierba, colina abajo, y
más allá se queja la mar al deshacer su
rabia y su alma contra negras rocas.
El viento, poderoso Mercurio de lejanas tormentas,
lucha contra ambos llevándose susurros apasionados,
mientras cose inmisericorde la carne dolorida.
Combate milenario de elementos paridos de la Nada, del
helado útero de la mortífera diosa calva errante.
Amor gota a gota.
Eslabones que crujen. La vieja lluvia ha oxidado las
cadenas de la terrible máquina antropófaga, que
antaño rugía para saciar al cíclope tirano.
Ahora, sólo es el cansino chirriar de un
corroído esqueleto (repudiado) gris.
Y unos muchachos juegan cerca del pasado a
tirar piedras al infinito ceniciento.
Amor gota a gota.
Fugaz calor solar que apenas acaricia la cara.
Y la piel, desangelada, triste bajo las ropas.
Melancolía que hace sangrar néctar al oculto corazón.
Amor que gotea.
Detrás de la colina, un nido de tejados sembrado del
aliento de sus hogares, anuncia que Vida y Fuego siguen.
Mientras la roca aguante y el océano no se seque.
Amor gota a gota.
EL TORNO
La inmaterialidad de los contornos obtenidos hasta hoy
proporciona cierta tendencia al quebrantamiento de las
tres dimensiones. Incluso de la cuarta.
Abrazar una momia amiga que pasa de puntillas.
Moldeando cada acto concreto, en su estúpida rigidez,
para no acabar como barro metamorfoseado sin testigos.
Como si nadie lo hubiera estrujado con distraídos dedos
peregrinos tanteando en busca del sortilegio imaginado.
Esfuerzos ímprobos caldeados por las sensaciones,
descongelando pensamientos,
robando formas al Gran Bostezo Mudo.
Descongelando costra cegadora y ensordecedora,
respirando hasta casi ahogarme el instante embriagador.
Bombeando fluidos al límite de la desintegración del
alma. Y las vísceras sonríen sin esfuerzo sintiendo la
gran ola vagabunda que las anega. Pero muchas veces,
la sensible cañería se sella enmudeciendo al
iconoclasta torrente de plenitud.
Incoherencia de lo implacablemente cotidiano, mientras
doy nuevos bríos al íntimo torno alfarero, que
siempre gira menos de lo esperado.
La obra inconclusa.
Astillados jarrones, ánforas cuarteadas,
mutiladas esfinges, entre gibosas vasijas,
donando insatisfecho polvo a desagradecidos desiertos.
Ensoñaciones sin necesarios retoques yacen en algún
remoto zoco desmemoriado a precio de ganga.
Hay que continuar, a espaldas de la insaciable negrura,
cuando no ronde al oír el runrún del plato
pariendo su penúltima inquietud arcillosa. Como la
primera vez, siempre con huellas de ilusiones marcadas.
NAUFRAGIO
Fatuos esfuerzos ardientes por sonsacar estilo andarín a mi
intrépido tercer alter ego lastimado por la
calma chicha del mediodía agridulce.
Hoy no existo. Busco a través de la claraboya empañada las
ganas de movimiento, el surcar el firmamento, abordar
otros universos, saquear templos,
amar y gozar con otras culturas de impronunciable nombre.
No. Hoy, náufrago que otea desde su solitario arrecife de
coral y alga, de palmera y gaviota, de cangrejo y mejillón,
de erizo y medusa, de pez y estrella de mar, de cálida
soledad arenosa y de brisa despreocupada, de luz y sal.
Espíritu a la deriva, aspiro medio hedor a madera vestida
de verde hongo y crustáceo, a canela y humedad moribunda de
bodega en cuarentena.
Bodega de la que brotan las frágiles fronteras de
mi encallado microcosmos particular.
Dos vueltas más al timón roto al borde de
un Caribeinventado desde el Cantábrico.
En la penumbra recuerdo las circunstancias apareadas sin
pasaporte ni visado previo.
Compramos nuestra esclavitud tempestad tras tempestad con
incomunicación de mudo delfín miope; bergantín de
filibustero en botella de náufrago en consigna de puerto.
S.O.S. entre malignas corrientes de un Maëlstrom interior.
Y poco más. Doy mi último apasionado soplo a ajadas
velas que ni se inmutan. Esto se hunde con
cada beat taquicárdico en aceleración.
Esperanza varada.
Hasta nunca. Hasta siempre. Hasta luego.
Voy a buscar al comandante Nemo y robarle el Nautilus.
CURACIÓN PASAJERA
Bufona mirada eléctrica ante mórbidas certezas de
algún petulante rimbombo salido del hígado de quien
me señala como tarambana simplón y sin afán
emprendedor. Y el loco visionario pocas veces se
percata de estar jugando con lo permitido a una minoría
privilegiada sin ajuar estipulado.
Su cara es como un espejo donde se deforma mi
complacencia devolviéndome al paradigma de un
desorientado silvano desterrado a navegar entre
espacio y tiempo, por pretensión de semidiós, en algún
rincón innombrable con innecesarios vítores y aplausos.
El verdoso ser en pena inspira compasión por
error que no duró un ápice; le doy el
beso del sueño eterno al estudiante de maestro y, al
instante, la esfera de fría lava bajo el esternón es
absorbida por éste como esponja de agua. La
acuosa ventana se cierra con el rizo de una silenciosa ola.
El falso espejo se empaña de luz de pozo confiscada a
quien no la necesita para ver y
se pierde en el fresco horizonte añil.
El aire huele tenue a pan y eucalipto.
No había espejo, era leproso reflejo de alguna de las
mil caras albergadas en la gruta semiexplorada. Me
alegro en mi melancolía de bolsillo y salgo del círculo de
tiza para hacer el amor sin compasión con el
alba en trance de nuevo día. Siento mi ser repleto,
húmedo, oscuro y diáfano a la vez;
me retiro debajo de una mesa en la azotea y
tiro el repudiado pellejo en pleno gozo de catacumba.
La noche llega sin que pase el día y, con ella,
la modorra del sonriente anciano azulado, el
sopor del bebé de sueño seguro en su cuna con cohetes.
POEMA ALFA DEL DESAMOR
Soledad, convexa y cóncava - según se mire - aleteando
pesadamente en torno a la bombilla medio finiquitada.
Agujero betún bostezando a un ombligo dopado,
noqueado temporalmente por el agobio.
Termómetro vital de plastilina y tabaco manoseado. Es la
mecánica laxitud agostera, engranaje masticable; espesa sopa
de letras ininteligibles ardiendo en la inútil lógica de
quien apenas sabe algo.
Casi lo había olvidado.
Lo que es pero hace que no se sea. Mortífero engendro
sediento de copular con el Bostezo y la Calva, columpiándose
con jirones errantes de confusa alma.
No soy el de ayer, no soy el de ahora, no sé si seré.
¿Quién soy? ¿Alguien me escucha? ¿Tú me escuchas?
Mil millones de años luz por cero, igual a cero.
¿Sabes Wendy?, la echo de menos (y poco hemos rozado la
nuca con el aliento del otro).
Echo de menos su sincera magia aturdida ante dudas eternas,
ansiosa presencia dando quiebros a meteoritos de fatalidad,
su sabor duro, su olor suave, con la mira dispuesta para
volar por los cielos el corazón de su propio islote ignoto.
Volcán directo a entrañas buscando signos, muescas perennes.
A veces no sé si existe, si existió alguna vez, Wendy;
intermedios y palomitas, velados sueños de adolescente.
¿Me quería? ¿La quería?
Sube y baja la marea dejando esponjosos besos húmedos,
apacibles y tibios en rosácea arena despistada del agua.
La echo de menos, ¿te lo había dicho, Wendy?
Viajando por el lado bastardo del cráneo, estoy en
mundos aparte, mundos sin nombres oídos antes,
mundos de silenciosos anhelos, de confusos secretos
dormidos, de sabio estupor, de
amargos colores fuera del arco iris, de
música elástica: t e n s i ó n/relax.
Los círculos no suelen tener esquinas donde descansar,
hay que seguir. Seguir…¿hacia dónde?. La
espiral parece regalar una salida pero todo el
mundo debiera saber que las espirales no tienen salida.
Aferrándome estúpidamente a mi fútil intento de
dar coherencia a lo inexplicable, a lo que
no se puede acariciar, ni sentir, ni amar.
Sutiles transparencias navegando en un océano de opacidad,
de duda plena sin avistar la isla sospechada.
Ralentizo mi pulso impregnándolo de
diminutas esperanzas cristalizadas, y
me digo que seguiré buscando lo que ignoro, a lo mejor,
volviendo a encontrarse nuestras soledades en algún punto de
los Mil Caminos. Otra vez los Mil Caminos.
Y nos reiremos de nuestras alargadas sombras cansinas,
más sabias y perplejas a cada paso.
Pero tú ya lo sabías ¿verdad?; lo soñaste hace siglos.
POEMA BETA DEL DESAMOR
Música hipnótica ante una arcana escena
sin dejar apenas charco que refleje una
vida bizca a fuerza de dinamitar todas las razones.
¿Dónde está la brisa que orea mi espíritu inapetente?.
¿En qué olvidado recodo se perdieron los buenos momentos?.
Tanto tiempo…El loco se vuelve sabio, y
el sabio no existe y se vuelve loco sin estarlo.
Locuras no declaradas a Hacienda.
Despertar y soñar de nuevo, eligiendo otro sin prólogo.
¡Más música!.
Estoy empachado de ceniceros repletos; no hay aire que
respirar cuando el paisaje más cercano oprime el tórax.
Hoy no voy a salir, quizás mañana…, sí, mañana. La
música continúa como si no ocurriera nada que no sepa ya.
Música hipnótica ante realidad erosionada por el
paso de miles de pies entumecidos y sin norte.
¡Seguid!, ¡más música!.
INTUICIÓN
La infatigable pupila subió y bajó la espiral acelerada,
ave multicolor del paraíso migrando al cálido vértice de
la grata experiencia traslúcida retenida en anaranjada savia.
Giró y se fue, dejando las gotitas de pena en salmuera,
dando la espalda a la salida de incendios de la
siguiente curva, en extremo provocativa y facilona.
Lo noté entonces.
El mortecino dolor desterrado sin convicción a
la grupa de una fiel tortuga contrabandista que transita,
despreocupada, por la muga de una galaxia a otra
transportando de todo un poco.
Viajando de un lado al otro del pálido reloj de arena.
Sedas y fragancias artificiosas ardiendo.
No al olvido sintético. Mejor crudo el momento. Tal como es.
He deshecho un poco de lo andado, justo hasta la cómplice
fuente que un atardecer me ofreció delicioso néctar de
fresca espesura traslúcida con el que me emborraché feliz y
retocé en un claro de la selva cantando a la Natura,
mientras se cristalizaba el mundo en violetas brillos.
Allí, me he topado con viejas presencias huidizas,
queridos convidados en orgías menudas de épocas dejadas.
Los siento. Los noto animándome en mi secreta excursión.
Cada vez estoy más cerca;
sutil vibración sensual de excitados átomos frenéticos,
tersa corriente posando la carnosa punta azul en
párpados resueltos ante la proximidad de la errante iniciación,
intuida por cierto nigromante realquilado en el
crujiente hemisferio izquierdo de mi achocolatado cerebro.
Siento que no estoy demasiado vivo hoy.
Busco a alguien que me diga qué piensa sobre esto.
Nicho de algodón, de sudor, de papel trepanado, de
luna muda y luz chillona, de cerveza y tinta ácida,
con algo más.
Con unas gafas de sol torcidas al viento.
Los peces de la noche han devorado mi violeta estómago.
Barato camaleón quejica busca mimos demasiado
caros de encontrar en miméticas horas y lugares.
Cambio de compás con el color de la respiración. Ahora he
dejado de respirar y de pensar; el mundo se ha parado,
voy volando a buscarte y te doy un beso.
El olor de tu pelo…Cierro los ojos y olvido todo.
Ya no floto, caigo, despertando.
La babosa realidad. La lapa asfáltica e histérica
adherida a mi piel sin ningún escrúpulo, a
una piel acuchillada de errores recordados ipso-facto.
De dentro hacia fuera.
Mis piernas de muelle oxidado, puños crispados, la
mandíbula se tensa, las pupilas se dilatan.
No es el fin, lo sé. Volveré. Pero ahora no.
La negra aura que envuelve caerá en algún momento.
Alas de atrezzo cosidas en el misterio profundo y circular.
Volveré. Pero ahora no. No adiós, si no, hasta luego,
que te vaya bonito. He de ir a Ningúnsitio y
preguntar por lo que ha perdido, y lo que todavía no.
VA SIENDO HORA
Escucha. El imperio de la monótona música del
negrero bitónico, o reciclado en digital y atómico.
Se impone a todo; el golem estrangula a su creador.
Inhóspito ritmo donde confluyen interminables
procesiones de apesadumbrados nuevos vasallos de sus
propias siluetas difusas,
productores de argollas cien por cien calidad que otros
soldarán presurosos en patas y ensoñaciones sin provecho.
Después de eso, dejarse sorber el tuétano es cosa de unos
cuantos años acaramelando tragedias adosado al televisor,
guardando el Edén, el Sangri-la,
en un décimo para mañana debajo de la almohada.
Con el tuétano hacen grises bolas mudas que se
empalan como logros funcionales en el ábaco rutilante. El
ábaco de los heróicos tesmótetas del siglo XXI,
los padres guardianes de todas las leyes, escritas y no escritas.
No. Necesitamos implacable alud de revolución diaria que
sepulte fulgurante lo indeseable. Lo
mensurable y censable desde los hediondos púlpitos
donde hipertensos querubines, trajeados de pura y
dura autosatisfacción rosada, ejercen apología como
trompeteros de dichoso futuro prometido. Debajo de un
tamazul se esconde un gran sapo …
Bombásticos discursos poniendo a prueba la castigada
elasticidad de la papilla pensante, consiguiendo aflojar
intestinos sinceros a la obtención de un poco alivio cimarrón.
Sí. Demos el salto adelante sin red, sin red bajo
sospecha de asfixiar más que salvar. Demos una mágica
patada al fantástico entramado de pexiglás, acero, neón,
fibra de vidrio, asfalto, cristal, pólvora, cibernético,
nuclear y por satélite, responsable de que los
niños y niñas ya no sepan jugar por jugar, las viejas y
los viejos hayan olvidado sus canciones queridas.
Que tú y yo perdamos nuestro tiempo único en sus
relojes de último diseño.
El negrero bitónico con distinta máscara.
POEMA MORT
El zumbido oxidado de un televisor que
sigue funcionando en el fondo del océano.
Un colchón, cubierto de moribundas flores,
varado en la fría arena del ayer inhóspito.
Terrible sinfonía. Danzarinas sin
aliento girando alrededor de un ataúd vacío,
hasta caer exhaustas sonriendo.
Caigo de bruces con ellas, y me veo en
un espejo llorando, sucio. Agria pregunta sin
formular. Devoro sus gráciles almas y
rompo el funesto reflejo.
Ahora yo también sonrío, y me voy
al infierno canturreando.
La verdad suele ser la más terrible mentira.
SENTIDO
Paseo mi ilusión de una percha colgada, impregnada su
aura de hollín y con síntomas notorios de
artritis del Antiguo Egipto.
No estoy en uno de los mejores episodios.
Tantas cosas por hacer, por vivir… y las fechas pasan,
sorbo a sorbo unas, otras sin bridas encima de centellas.
Todo sigue igual y es distinto. Algo
se me ha escapado como agua de la mano, y ahora
me reclama desde dentro. Noto su peso, su voz profunda.
No responden a mi taquicardia entregada, las
caricias y olores se destiñen con la lluvia de
la estación de las penumbras. Los labios se ajan y
se tornan carbones. Los besos se secan al
corrompido calor de una hoguera sin sentido.
Eso es. Ojalá el corazón fuera lámpara a mano,
- click, clack - y ya está.
¿Qué diferencia a la lágrimas de la lluvia?, ¿la sal?.
Las nubes no sueñan.
Bramo deambulante la muerte de la inocencia
estando vivo, supurando linfa agónica antes electrocutada.
No me lameré la brecha sanguinolenta de
mi alma desorientada y anaranjada,
que la seque el xaloc salado y el sol pendenciero.
Entre brumas, surcan mis sueños melosas luciérnagas sin
aparente pretensión de ir a algún lado en concreto.
No quiero tomar demasiado en serio sus nocturnas
melodías de clandestina coreografía.
Tampoco en broma, porque si no, pudiera ser que
dejaran de visitarme en horas sobrias de luminosidad.
En tiempo de onanismo de reblandecidos sesos diurnos.
Y de día no hay quien vea su brillo hechicero.
Hay que estar alerta a los símbolos sugeridos.
Sigo, como todos. En ello nos va más que la vida.
Darle sentido.
FRONTERIZA
Busco calmar mi sed a éste lado, sabiendo que
el otro no existe más que en los anuncios hechos a
nuestra medida y que nos entienden siempre.
Hay que huir de lo que no huela a nada.
Mis manos se secan por momentos pero no sufro,
es el pequeño detalle dentro de un proceso que
no conozco como acabara al otro lado de la frontera.
Escapo de mi buscándome en otra circunstancia,
otra postura, otro mundo cataléptico que
despertar a gritos de inquietud contínua.
Sueño dormir sembrando pesadilla que no asuste,
de la que se aprenda, a un lado y otro de
la interminable línea, con un precio que
pagar en algún sitio si quieres sonreír.¿Qué mejor que
buscar el angosto paso hacia Quiénsabedonde?
Al flaquear en el incesante orden de tiralíneas deja que
brote la verdadera naturaleza de las cosas,
el temblor cotidiano de la existencia,
bajo el supuesto caos de diseño, el tumulto de los
Yo desposeídos de rango para vivir con
cierta dignidad y coherencia. Esa fronteriza marca de
la que nunca se hablará en las tertulias es el
frágil material que separa ambas orillas, el mismo que
une locura y cordura, inteligencia y estupidez,
sentido y sinsentido, razón y sinrazón, vida y muerte.
Y detrás de la frontera, por si nadie os lo ha dicho,
no importa demasiado lo que haya o no haya,
porque tú y yo estamos en éste lado.
PALABRAS NO ESCRITAS
Intento buscar otro método alquimista que transmute el espíritu
en hiedra escaladora de rutinas marmóreas desmotivadoras,
para llegar a morder las nubes y ducharme en su sirimiri purificador,
dejando los objetos tal como son y no como deberían ser.
Tiene su velado encanto en ocasiones no encajar demasiado bien en el contexto.
Te aleja de él y te observas como el pez desde la pecera.
¿O no era así?.
Me descuelgo suavemente de mi realidad entre pan de horas insípidas,
tanteo el frío suelo, la rasposa pared del conocido envoltorio donde
me refugio de lo otro, lo de fuera, lo desconocido,
buscando siempre una posición reconocible, vieja, la primera.
Parecido a sumergirse en agua en noche de oídos vagos y risa calmada.
La cápsula se desprende, cae algo hecho añicos poco a poco hasta
posarse en el peinado arenal.
Queda el contacto con los elementos la materia quebrada desde dentro,
la palpitante sopa amoral.
Ahora llega. Y comienza...
¡Basta de palabras momificadas ! ¡Reinventemos el sentimiento!
La gran masa amorfa y blanquecina - amarillenta a veces - se
expande a mi derecha y a mi izquierda.
Con la yema de los dedos no llego a alcanzar el umbral del ansia,
ansia por transitar alrededor de lo previsible para un personaje que,
en el fondo, no deja de ser un aprendiz efímero
- no eterno como otras veces digo - pues no soy para siempre.
Nadie, menos mal.
Intimas palabras no audibles, reservadas al que sabe escuchar
aire, agua, fuego y tierra en desorden, sin los desajustes de
cualquier arcana sentencia de beso viperino.
Volvamos a la mar de nuevo. Se acaba la noche, el sol busca pelea.
Argonautas de plomizas frases que dormitan sin remedio en
su propia fosa abisal,
mientras otros, a la deriva,
con balsa hecha de esto y de lo otro, no encuentran su isla ideal,
náufragos de si mismos.
UNA MAÑANA I
Cama en mal equilibrio de anónima pensión.
Vapuleada y medio desnuda a la mañana que
pesadamente se levanta entre gotitas premonitorias.
Sentado, arropado por silencios blandos rotos
metódicamente por el crujido de hiena de un cassette
demasiado usado en otra época.
Suspiros de música y humo imitando cadena genética,
enroscando nuestro ánimo desgastado y alerta de todo.
Miro hacia la ventana tosiendo añoranza insospechada el
día anterior.
El cielo alberga en su mole de comadrona
ciclópeas losas de pizarra que levitan penosamente por
encima de antenas y chimeneas petrificadas.
Aire tiznado de húmeda ceniza a punto de parir
oscureciendo la tierra de abajo. Se nota la
presión, se masca el peso específico de los objetos.
Los oídos se resienten cada vez más de la ausencia de
un gran ruido que haga estallar el fino
vidrio que nos envuelve esta mañana de mar agitada.
No hay que darle tiempo al tiempo, ya lo tiene, y
nosotros a él. Por lo menos hoy.
Crepitar de vagas ideas mesando nuestros cuerpos y
apaciguando nuestras mentes trashumantes.
UNA MAÑANA II
Recorrido circular de los ojos.
Alguien está sentado en otra cama
moviéndose inquieto. Demasiado humo por medio.
De vez en cuando tararea alguna canción
traída de callados sueños.
Pequeños y grandes sueños; ni feos ni bonitos. Suyos.
Recuerdos que giran en órbita en su
abrumado cerebro de viajero a cualquier otra parte.
Huyendo de la tristeza
como de su taciturna sombra emigrante.
AYER UN HEROE ME ESCUPIÓ
Al doblar una esquina en el metro mi sombra topó con
un mendigo ciego. Siniestras medallas pendían
de su hundido pecho.
Antiguo héroe laureado por
engullir más corazones que nadie en algún
oscuro campo de batalla, sembrándolo de Nada.
La moneda que le doy sin saber, la tira al suelo, y
me escupe. Vocifera y no le entiendo.
Su sombrero tiene el buche vacío como mi espíritu y
hay monedas por el suelo.
De las profundidades de su abrigo con gran pasado brota
un libro jactándose de honor, gloria y deber que se abre
ante mi ojos quebrados por la escena.
Entre brumas ardientes desfilan gargantas
ahogadas con sus propias palabras.
Noches segadas por cuchillos de fría sinrazón púrpura.
Telas abanderadas y teñidas con la sangre de
todos los herejes anónimos sacrificados.
Vi una mano helada buscar en mis entrañas el
secreto de la cara muerte oculta. O de
la barata vida perdida. Y a los héroes de
miles de leyendas pedir limosna en el metro con desprecio.
Vi a una niña, jugar con la brisa a escupir al ciego.
LOBA
Trémulos ojos jugando a ser espejos de la luna.
Bella y solitaria.
Y el cabello, fuego desbocado, no se resigna
fácilmente a revolcarse en sus propias cenizas heladas.
Pálida mano abierta mostrando moribunda
su incierto destino, junto a un
charco repleto de soledades y fantasmas.
Como sombra de cristal que, inquieta, bebe con
avidez del cáliz de los oscuros placeres olvidados.
Demasiado tarde no debería existir.
Y el viento, roedor de huesos eterno,
hace balancearse a los edificios con un
crujido quejumbroso. Y se oyen lo gemidos de
los huéspedes que albergan sus corroídas vísceras.
Y la mano baila, al mismo son, como
amante de un botella cansada. Dejando que
de su vagina manen amargos néctares,
mezclándose con lágrimas en la acera.
El aullido de una loba herida rompe la
noche, entre ronquidos y diarreas vecinas.
Por un instante, la ciudad se estremece, y en
algún lugar, alguien se da la vuelta en la cama.
Un mal sueño.
TRAVESÍA
Las cotidianas dunas escarlatas de los tibios
acontecimientos cíclicos van inexorablemente
ocultando bajo su pertinaz manto, los
primeros enigmas que un día se desvelaron quebradizos y
se deshicieron sin ruido ni dolor ante mi
desesperanza y náusea absolutas.
Apoteosis del desencanto y el pánico a mirar al
otro lado de la mirilla del pensamiento por imaginar
el no ver nada.
Paisaje selenita en el que gritar y no alcanzar a oír ni tu voz
buscando el paradero de la llaga, la puerta entreabierta.
No hay respuestas cuando no hay ni preguntas.
Por unos instantes inmensos, cristalinos y dulces, turbios y
amargos, nítidamente entendí. Me percaté de que
no todo es horizonte abrasadoramente desnudo en su
interrogación, ni cercanía mudamente helada en su afirmación.
También hay pequeños y grandes oasis que se suele
pasar sin atisbar siquiera, donde, exiliado en la
sombra de Todo, poder apaciguar la sedienta mente de tanta
arena masticada; poder tumbar la joroba para conversar con
los astros, con mosquitos, serpientes y alacranes, aves,
monos, beduinos viajeros y turistas náufragos.
Conversar sobre la travesía misma, sin saber ciudadela,
aldea, campamento o palacio de un mañana opaco.
Perdámonos y busquémonos en el ahora turbador y húmedo,
tan turbador como el torpe temblor de mi
mano en tu regazo,
tan húmedo como el tierno dátil entre tus piernas.
NADIE
El tiempo disfrazado de carcoma de satén devora los sueños
desprevenidos de los contemporáneos ilusos, héroes del día a día,
mientras buscan amarse al final de cualquier callejón desterrado,
en cualquier macilento cuartucho sin espejos
para no tener que verse frente a frente.
Alguien se repliega bajo el cóncavo caparazón de
sus desorientadas manos de confuso intérprete de
retazos a su vez de confusión. Intérprete de inverosímiles
señales desdibujadas en el aire con olor a vainilla,
de crípticos mensajes ciertamente desalentadores a veces.
Alguien evitando mirar lo que no quiere ver por temor a
sentirse reconocido,
primer homínido garabateado en todo aquello.
Las casi imperceptibles conexiones a la lógica erosionadas
simplemente con un largo y mantenido suspiro del
que escapa siempre algo de uno mismo.
Nadie escucha llamadas en la quebrada,
desde el borde del abismo el convexo renegar se pierde con
los cientos de miles de hijos del silencio allá abajo.
El pequeño bucle incitando a vivir se completa al
conocerte un día de final de verano, época difícil,
inolvidable por tu aparición furtiva y electrizante.
Época mutante, pensándome a mi mismo de nuevo,
inventándome desde un renacer asustado y
una muerte de amor firmando cierto leve dolor ilocalizable.
Rehaciéndome por temor a un cataclismo precoz.
Ella y yo nos miramos frente a frente intentando descubrirnos
juntos al amanecer con espíritu agitador y mirada serena.
Sabores en secretos vínculos cómplices de tiernas fragancias,
calambres de tórridas sacudidas desde donde
brotan esencias pigmentadas de presentimientos y
anhelos a cada noche compartida.
A cada día apuntalado con palabras, caricias y besos.
I´ll Be Your Mirror.
Las estaciones se cambian la ropa interior jugando a
poner serios a los intransigentes y déspotas de andar por casa.
La sociedad ara el erial donde
en un tiempo hubo cierto sentido e inteligencia libre.
Las opiáceas ciudades adormecen con su demencia
diseñada para facilitarnos la vida. ¿Qué vida?.
Las nuestras no, las siguientes. Siempre las siguientes.
El futuro posee un extraño parecido a veces con el pasado.
Un parecido algo siniestro, estremecedor, tragicómico.
Quien no quiera besar el glorioso culo del Triunfo Venidero
- siempre por llegar - que busque y encontrara unos cuantos
proscritos por aquí y por allá.
Conjurémonos y rompamos esas atávicas leyes que
constriñen la percepción primera, originaria.
El intuir el verdadero sentido de las cosas.
Su sinsentido armónico.
Flujo espeso de turbadores aromas que invita a
descubrir su sabor ahora, no cuando hallamos medido y
sopesado nuestra existencia,
sin poder justificarla con reglas para tranquilidad de
nuestras conciencias y almas.
Y cuando veamos que no podemos engañarnos,
completaremos otro bucle más amplio.
Entenderemos y seremos de nuevo.
Esto ha venido ocurriendo en cada momento y
lugar desde que un homínido se vio reflejado en el agua,
y no supo qué era.
Soy de nuevo, y no estoy solo. Ella es también.
No somos alguien. Somos nadie.
No somos nadie. Somos alguien.
QUIERE DECIR ESPINA
Carne inquieta, que apasionada palpita y
se retuerce en el tiempo. Incandescente
mariposa histérica que se agita y pulula frenética
justo en el centro de mi existencia aletargada.
La soledad aplasta un quebrado suspiro de impotencia
contra la ventana de cristal lloroso, las
neuronas chirrían, y aún nadie ha dicho en las
noticias que vivimos ahora y no mañana.
Pensamientos miles, que en caótico baile, sacuden las
necias paredes de ilusiones petrificadas,
rebotando y estrellándose entre ceja y ceja.
Cicuta y sueños rasgados discurren por ríos inmundos.
Por paisajes indigestados con crueles espejismos, con
ansiosas palabras cautivas, con silencios obligados en
un inexorable devenir inventado. Y un
pétreo cielo anodino que apoya en los hombros
garras de mortecina rutina, de
pestilentes hábitos acromáticos indiferentes a la natura,
que estoica aguanta, masticando venganza.
Nos adoctrinan para movernos rápidos y eficaces,
con el eslabón puesto, como
ciegos borbotones de sangre y deber, para hacer útiles
viejas y axfisiantes venas anónimas sin sentido. Y
no Vida y Sueños, Utopía y Grito, que hagan volar a
nuestros cuerpos libres hacia el deseo, y así,
poder verme en tus oscuros ojos y tú en los míos,
poder acariciar tu alma y tu piel, y tú las mías.
Incandescente mariposa de mis sueños…
UNA SOLA VEZ
Alaridos espasmódicos salpicando energía acumulada,
todos los fluidos mentales buscan desesperadamente una salida,
un tierno lugar desde donde escupir mi ser en desbocada ventisca
hacia los cuatro puntos de la rosa aquella. No hay más,
solo existe para aquí o para allá. Solo eso. O quedarse quieto,
como si esperaras la maldita ola (eso me suena).
¿A qué jugamos? ¿Lo sabes?
Solo tú recuerdas bien de donde vengo - o no,
el tiempo lo sorbió con su pajita de tus sesos -,
solo tú sabes si voy o vengo, si estoy parado o
simplemente muerto técnicamente hablando.
Las botas hacen clop clep clop mientras cruje suciamente el
minimal de dibujo crónico en contacto con
mi apresurada sombra desvencijada.
Apenas rozo el crudo atrezzo raudo hacia ninguna parte en especial,
los ojos van a su aire, sobre todo el derecho - imparable -,
atentos a que nada quiebre el fino hilo sedoso colgando de
estrella en estrella que utilizo en mi desplazamiento tan novedoso.
Sinceramente, si me preguntas te diré que el futuro me importa una
mierda, suficiente para que duela sin herida, pero el
día siguiente a éste no es muy importante para ello. Ni el siguiente.
Los oídos guardan el meloso zumbido del acierto en alguna ocasión.
No te de igual el asunto en cuestión.
Por aquí y ahora se pasa una sola vez,
quedando luego tundra helada donde
quedan los viejos engendros congelados en lágrimas,
o sabana quemada de huesos y trajes de escarabajo,
despojados a zarpazos de metal hiriente de su antaño sentido,
hoy perdido en una mueca indescifrable para el vecino en el ascensor,
mientras mira temeroso e ignorante de tus secretas intenciones.
Como si las supiera.
LA FIEBRE
Sentir. Sentir impunemente.
Sentir el ocasional maremágnum quejumbroso.
El sensible abrazo de la soledad inesperada y
desasistida de fiebre emancipadora.
La fiebre que haga recordar lo que nunca ha pasado ni
pasará, porque el caos capado de amor energético se
cierne, impasible en su alegato natural, encima del
día de pesadilla, agradecida en lo más íntimo a la
basura pululante. Los deshechos orgánicos que
nos envuelven sin llegar a constreñir.
Atrévete a parar el movimiento machacón que
enardece lo más oscuro, lo innombrable, pendulando:
aquí, allí, aquí, allí, aquí, allí, aquí, allí.
El péndulo gravitando amenazador.
Tan amenazador como niño apuntando con una parabellum
mientras se ríe sin sonido.
Hay unos huevos desprotegidos a punto de eclosionar en
tierra de nadie, en tierra agónica y estéril, con el
único fin de servir de piscolabis a los atentos cuervos que
van tirando allá, escudriñando los objetos blanquecinos
dejados a suerte echada por alguien amorfo e irreconocible.
Es el día a día, el día de hoy - ¡Eureka!.
Llega la destrucción anónima,
la amnésica reconstrucción necesaria, la pausa milenaria,
el oprimente pensamiento en declive, el
ciclo hipnótico que retorna para arrasar sin pena ni gloria.
Una idea.
Crecer haciendo y deshaciendo, afirmando y negando,
sin perder de vista la necesidad imperante y
el horizonte anhelado.
VÉRTIGO
El vértigo de lo intangible de los acontecimientos, de sus
personajes, de lo que una vez dije o soñé convencido de
la bondad de todas las empresas a hacer.
El vértigo de mirar hacia atrás. El de mirar hacia adelante.
El de saber a veces quien eres y al segundo siguiente olvidarlo.
El vértigo de continuar buscando algo que no se qué es.
El vértigo de hacer el pino al borde del acantilado, o el de
lanzarme a la oscuridad desde lo alto de
la roca suponiendo agua por leve rumor.
El vértigo de pasar amores, juergas, sensaciones, amistades,
paisajes, canciones, sin poder ser capaz a veces de
detener su esencia transitoria en mi devenir perplejo.
El vértigo de recorrer alambicado final de siglo y
entrar en las desconocidas estancias del siguiente.
Instantes mágicos, pequeñeces inolvidables que se
descuelgan de mi vida con cordadas de pena atrasada.
Siempre tarde, o demasiado pronto.
El vértigo de amarte con sanadora locura y no saber si mañana
habrá terminado todo.
Sólo cuando a veces cesa el vértigo inherente a los
Milcaminos puedo reordenar los estantes de mi alma,
suspiro lentamente... y escribo esto.
TIEMPOS DE ALERTA
En cada extraviado suburbio por el que pasemos a
trompicones de sol y luna vividos en latente mareo,
hay un ídolo sanguinolento de negras pupilas
sonriendo divinamente agazapado. Tan
antiguo como el primer simio pelado orgulloso de
ser mejor que otro y zamparse su vida allí mismo.
Acostumbrado a ser paciente, espera siempre su
próximo debut dantesco semienterrado y babeando bilis
de puro Horror; hilvanando futuras proposiciones
justificantes, podridas ya al nacer, como las de antaño,
porque en el fondo es siempre la misma.
El tótem mutante que repondrá el Orden sonríe, preñado de
ansiedad en el oscuro útero de alguna
carbonera en desuso, en algún sótano medio olvidado.
En todos lo sótanos medio olvidados.
Despierta sólo al infantil clamor del horror vacui de la
marabunta desasistida de calor y mamar asegurados.
Un clamor infecto de rabia contra dioses y diosas con
pezuñas de barroco cieno en púrpura y jade.
Y entonces, el justo sentido se nubla bajo la
tóxica hambruna de inmediatez eterna, de antropofagia
conductora hacia la posteridad, de añejos
anuncios exhumados desde la brutalidad consensuada a los
que ahora se presta antena y micro en plazas y mercados.
Así empezó. Así ha empezado. Así empezará.
Es tiempo de tener aún más afilada la mente en sus
propósitos y más recta la cuchilla frente a lo
humanamente inhumano.
Son tiempos de alerta contra justicieros ante la Historia,
contra tótems caníbales que aguardan nuestras
libres vísceras y lúcidos sesos en su terrible y conocida
bandeja de oro y marfil.
De muelas y dientes hecha.
IRREDENTA
Para no perderlo, lo recojo en el ámbar memorión. Para
no olvidarlo en algún rasposo recodo mientras emprendo mi
particular danza de la lluvia buscando sendas propias.
Por eso grabo por las paredes de la crepitante urbe tu
apodo secreto.
El otro lado de la luna alberga la puerta del placer efímero y
de la vida mutable. El otro lado de la luna nunca será colonizable,
y es eso y lo contrario. Como
tu suave jungla de ensortijados tallos tan finos como el horizonte;
se pasa con ligereza de refinado maharajá o
tierna fiereza de salvaje peluche, pero no se conquista nunca.
Porque lo que de verdad se ama se deja libre,
porque lo que fue, es o intenta ser con cierto significado propio
es lo único humano digno de ser amado.
INVENTOR DE PAISAJES
No te pares demasiado.
Sólo a pensar por dónde ir en los múltiples cruceros de
los Milcaminos; o tal vez respirar hondo mientras
contemplas lo que ya no existe,
lo andado que te hace ser como eres y es solo en ti.
Fuera ya no hay nada que hayas vivido.
Seremos porque somos porque fuimos.
Con todo lo bueno y malo de ir viajando y creciendo.
El cenit de ciertas cosas no es lo más importante,
prefiero los senderos (a veces, arcanos, otras, vírgenes)
que llevan a ellas. O te alejan.
Aunque seguramente todo es sendero.
Movimiento contínuo de pequeñas y grandes materias
huyendo de la inmovilidad absoluta de la Nada, Musa Calva.
Tiempo elástico, lugares mutando piel cada dos mil años,
desprendiéndose de nuestras patéticas muescas para la
posteridad, de nuestros desesperados arañazos en el
vacío por no saberlo todo ahora ni nunca,
nuestro correcto paso de contemporáneos orgullosos del
Momento Histórico -¿cuando no lo es?- sin intentar trepar
hasta lo más alto de tanta corona y laurel para
ver más allá de nuestras rosadas calaveras,
cocidas a fuego lento en la hipócrita olla finisecular.
No te pares demasiado.
Tu aliento se enmohecerá, líquenes y
musgos vestirán tu piel hasta mucho después de
dormirse el sol para siempre.
Solo senderos, hechos o sin hacer,
y voluntad de seguir buscando.
Pequeños valles umbríos, desiertos sin horizonte,
praderas diáfanas, abruptos montes, tranquilas calas
escondidas, oasis secretos, soleados claros en frescos
bosques susurrantes, acantilados desde donde vislumbrar
el transparente mar, mudo mundo ajeno a dogmas.
Cada cual el suyo, mejor o peor, ninguno único y verdadero.
Paisajes para aprender viajando en tiempo y espacio,
buscando siempre, mientras nos vamos encontrando.
EL OMBLIGO
¿Esperaremos mucho más?, ¿olvidamos los libertarios
gestos que impulsaron la sonrisa fugaz más allá del eterno lamento?.
Espero que no, quiero pensar que no. Y, si es así, bailemos las
viejas danzas que valgan todavía, las nuevas que valdrán un día.
Bailemos encima de sus sagradas estatuas, de libros reveladores de
axiomas que solo ellos entienden. O ni eso.
Usemos el saber para desbaratar la mentira.
Bailemos pisoteando conjuradas ciencias vomitando a la vez
Orden Conveniente y Caos Inevitable.
Magos de un oscuro equilibrio encima de millones de cuerpos.
Artistas en descubrir y no decir,
comprar y vender entre rimbombos corrompidos
el principio y final de todas las cosas pensables.
¡Olvidemos de una vez sus impolutos panteones de
alto contenido radioactivo en su majestad! y sus
papeles firmados (tinta sangre petróleo)
esparciendo prepotencia estúpida.
La Historia siempre les justifica porque la Historia son ellos.
Demolamos su vasta creación deshumanizadora obviándola,
indiferentes al rutilante y deserotizador hedor que
destilan los supuestos grandes, unión de multitud de
diminutos miserables unos encima de otros.
Que crezca la tierna hierba donde sembraron estéril mañana,
que los bosques reclamen su espacio robado y
lleguen orgullosos a lamer de frescor los más lejanos
arrabales de todas las decrépitas polis.
Quizá entonces, no esté todo perdido en ese sentido,
y podamos sentirnos tan pequeños como en realidad somos.
¿Has probado a subir a un alto árbol o una montaña y
contemplar un poco de lo que es nuestro?.
Ella nos pertenece. Nosotros le pertenecemos.
¿Esperaremos mucho más?
NOCHE LATINA
Invisibles grillos de impecable vestido ufanados en
la búsqueda de compañía más allá de las doce.
Vini, vidi, vinci.
Socarrada ciudad, semiabandonada de sus
sempiternos amantes castigadores,
ahora trashumantes de diversos colores gamba
buscando el beatus ille dichoso.
Celosa la urbe del éxito nocturno del
minimalismo trovador insectívoro, hace un
vacilante guiño a un boeing 747 chulesco, que
fugaz peina sus cuatro pelos de metal añejo y rojizo.
Un vuelco rápido de rojo a verde a la par en
todos los semáforos amodorrados, que no resulta.
Son las cuatro y media de la nada y todo está permitido.
Hace rato que las plomizas y consecuentes
moscas de otros poemas, ebrias de carpe diem,
se han travestido en alocadas libélulas de la noche.
De esta noche especial.
Densas caladas de caldosa energía mientras bailan los
pioneros de la mañana resacosa a los que
sus sombras cansinas arrastrarán o empujarán a casa.
Pero ahora, Tempus fugit, mueven y rozan sus
cuerpos hambrientos, bajo la erótica bóveda del
final de un verano apurado a grandes sorbos.
Deseando vivir la vida pensada y no vivida.
Sólo en noches especiales como ésta.
EL JUEGO DEL LEVIATAN
Noche de luna de cera ardiente, que sesga con caricia al
rojo vivo de la cuchilla, la Verdad diurna de un
Apolo castrado de razón de ser.
Entre alaridos y gemidos, bacantes y dionisíacos
asesinaron al perfecto dios, mientras el chaman milenario
derramaba terribles fetiches y pócimas en sexos.
Buscad el ombligo del torbellino donde deseéis
seducir al bello espantapájaros que arde dentro.
Una iguana, azul y callada, trota en círculo con
cruel peste a gasolina y muerte absurda, y
Leviatán sólo quiere jugar contigo al escondite.
Ocúltate o…¿quieres morir bailando?.
Carne de la mano abriendo paso al beso de oscuridad hereje,
y el goteo erótico de rojo zumo salpica el rostro de
la eterna amante, embrujada con el
hipnótico latigazo de quien presencia lo secreto.
Palabras de fuego en el ojo del huracán, apolíneo e infecto,
grabadas para siempre en el suave vientre amado,
y en sus pechos enhiestos.
Sigues aquí. Quieres jugar y aún nadie ha hallado nunca
la llave del cuarto oscuro, ni el libro sagrado del druida.
Espiral efervescente de repudios que provocan,
en la alfombra aterciopelada, la teñida presencia
siempre de un cadáver o dos,
abrasados en su afán de huida agónica.
Siempre gana el mismo porque sólo juega él. Pero
todo no está dicho ni hecho en el infierno del Bien, de la
beata ciencia vomitando dinero impreso en horror. Ni en el
cielo terriblemente puro en cinemascope y huesos putrefactos
con olor a Walt Disney.
Aquí vale todo. Sacudiros el ponzoñoso poso de
vuestras calvas raídas y explotadas, miserable orgullo de
la absurda especie sin escamas, plumas ni pelo.
Pensad. Dudad. Sentid. Amad. Sed Y que arda el
maldito dios hueco y los grises fieles.
Que así sea desde ahora hasta el infinito.
El juego ha empezado…
Ocúltate o…¿quieres bailar a mi lado?.
SIN BILLETE
En un gran sillón, alado como murciélago, y de
color olvidado, descansa Peregrino.
Está durmiendo después del biberón.
Venido de Tierradenadie con los huesos torcidos, los
ojos de muñeca antigua y el aliento entre crispado y rojizo.
Manirrota efigie, repleta de esperanza, pendida de
alfiler reumático. Adiós.
Hola. Mete el pie en la fosa, verás que falta el muerto.
Sólo hay humedad callada esperando inquilino.
El búho levanta el vuelo y se estrella contra el
reloj parado del musgoso andén.
La hora. Traquetea el tren y en un resbalón deja la
vía, bailando en las copas de los árboles, rociadas aún
con lágrimas de Campanilla asustada.
¿Y por qué llora?.
Porque al amanecer, algo muere, y no sabe el qué.
Porque al amanecer, algo nace, y no sabe el qué.
El tren traquetea. Pasa por una aldea emergida de nuevo, y
por una playa, herida por cien mil estandartes hambrientos,
que gimiendo sus glorias,
destiñen orgullosa savia, sin pena de moscas.
All right!!! Esto atraerá industria turística y conservera…
Risas. Con un parpadeo las mandíbulas dejan de batir y
se desencajan. La
Muerte ha subido borracha en la anterior estación y
recorre compartimentos buscando al vendedor de refrescos.
Pero "aquí nada se vende" proclama Maquinista y
se lanza al vacío a toda caldera.
Aplausos y silbidos mientras la Muerte se larga a por él.
Un negro está cantando ahora. Y alguien le sigue.
Yo también.
Soñando despiertos cadenciosos latidos de
libertad. Vivir para vivir, bailando hasta la
última brizna de aire en pulmones de saldo, el
tren y su riff desaparecen en la línea del fin,
rumbo a Quiensabedónde, mientras alguien engañado,
araña la vida en un sillón, alado como murciélago.
TE LLAMARÉ POR TU NOMBRE I
Allí nos busco. Allí busco el sentido relegado al olvido.
En las mismas entrañas hambrientas y sedientas de la
necesidad imperiosa de vida plena.
Para no sentirme automático ni plástico, ni
querer ganar ningún fabuloso premio. Aplausos de gárgola.
Silencio. Por fin, pensamientos cero, o eso creo.
Mi perpleja cabeza entre tus suaves muslos, las
manos desde tu cintura, desde tu culo electrocutado a ráfagas.
Sacudidas despertando lo original y anestesiado
bajo capas y capas de historia inmediata volcada encima,
de asfalto, neón, metal, vidrio, plástico, fibra óptica y CDRoms,
de vómitos televisivos donde nos cuentan lo
maravillosos que somos y todavía podemos llegar a ser,
los que nunca lo serán - el mundo es así, ya sabes -, y los
muertos de la jornada aquí y allí como tributos a la
inercia de una huida continua hacia delante sin rumbo.
Un futuro de mierda si es así.
Los manicomios dejaron de existir por su abominación;
no así las cárceles donde se enjaula el repudiado
reflejo de nuestra gloriosa civilización de la información.
Además nadie distinguía ya entre los de dentro sufriendo
terrible encierro y los de fuera cagándose en el
gobierno de turno. O fagocitando de él.
Los vertederos están repletos de lo que fuimos alguna vez,
al igual que cementerios y hospitales.
Bukowski decía algo parecido.
Esto y bares, nada más se llena.
Aparte de arcas bancarias y multinacionales,
ebrias de superávit y horror.
A la Bolsa le crujen los valores,
como huesos amarillentos y viejos de avaro.
Festival siniestro de lo absurdo, mientras el
nefasto público privilegiado ríe,
TE LLAMARÉ POR TU NOMBRE II
Nadie quiere alimentarse del resplandeciente
sentido disipado en el ocaso crispado.
Ocaso rebosante de tonalidades premonitorias,
antes de la primera guerra para pacificar
cancerígenas almas cucaracha.
O es que ya nadie sabe cómo llamarlo a eso.
Dame la mano y entenderemos sin más palabras que
las mismas supongo repetidas desde antes de nuestra
caída en la grandeza fingida.
Terrible y dulzón infierno a medida dentro
del infierno de muchos otros infiernos por venir. Y hay
quien aún cree que los cielos tienen que estar a
prudente distancia para no mancharse de mierda.
Neutros y amortajados. Como el faraón y su esclavo.
No deseo compromiso de continuidad sin esperanza.
¿Quién no está manchado?.
¿Quién afirma fervientemente no estar metido en todo esto?.
Pero a muchísimos embajadores del miedo les da igual,
serán capaces de envejecer con decrépito halo de inocencia,
con la laureada capa del
correcto proceder sin ojos, oídos, boca ni manos.
Buscad, buscad, buscad. lombrices benefactoras de la
Gran Farsa, buscad desde el Miedo Total originado.
¿Dónde está el fastuoso festín?, ¿Qué se celebra?
¿Y los invitados qué hacen atrincherados?.
Los verdaderos locos trovadores decapitados, los
bufones quemados, los diferentes ahorcados, luchadores y
luchadoras perseguidos en jauría, los soñadores emparedados.
¿Quién compra kilo y cuarto de injusticia fresca?
Los muertos huyen en silencio, los vivos callan e
invocan al amo de su incapacidad vital; los
demás damos angustiadas vueltas sobre nosotros mismos,
desvelando luces y sombras cotidianas hasta perder el
tenue equilibrio con la materia y conseguir ver el
desnudo cuerpo del orondo Sinsentido.
Verlo, y doblegar el
astillado esqueleto imantado hacia el centro de
la madre Tierra, y luego no sentirlo. Y luego
sentirlo dispersarse en todas las dimensiones
posibles y no posibles,
¿Qué somos?, ¿navegantes o náufragos?.
Quizás tan sólo buscadores de tesoros que solemos
hallar en las pequeñas cosas que nos acompañan
susurrando canciones que ya no recordamos.
Nadie quiere percibir el sentido disipado.
O ya no lo hay.
Testuz enfurecida que arremete sin saber de
protocolos igual contra abismos que espejismos trazados.
Siempre ensayando el golpe definitivo.
Inquietud ante la persistencia de lejanos astros
acunando, irreductibles, la esteparia crónica de
un mundo encorsetado por el Gran Bostezo Mudo.
Pierden el tiempo en ganarlo para ellos solos.
Cansado y vapuleado retrocedo y me siento en
la penumbra callada del observador de
la última hora habitable. Me esfumo
lentamente, lágrima de leche condensada deslizándose
estoica, mientras el
breve conocimiento más allá de lo accesorio se presta a
guiñarme el ojo en conjuro.
Ignorante del sutil encantamiento, yo parpadeo obscenamente.
No concibo que me deparará este suceso algún otoño venidero.
Otoño tardío, mendigo de blanca luminiscencia…
Sé una cosa.
Te llamaré por tu nombre.